Encontrarse con el primer libro de un autor es una experiencia interesante. Es el momento donde comienzan las especulaciones. Imaginamos la proyección, los cambios posibles, pensamos en los modos de su escritura y también en su mundo. ¿Ya tiene un mundo propio? ¿Seguirá escribiendo, publicando? ¿Se convertirá en un autor de moda y lo vamos a encontrar, un día, en la tele, almorzando con Mirta Legrand? ¿Abandonará la literatura para dedicarse a otra cosa? ¿A dar clases de yoga, por ejemplo?
Presentar a un nuevo autor convierte la experiencia que mencionaba antes, el encuentro, en algo todavía mejor. Por supuesto, en este caso, no me refiero a cualquier autor. Estoy hablando de Guillermo Ferreyro. Conocí a Guillermo el año pasado, en un curso de escritura, y lo primero que me sorprendió de él –y, en seguida, de su obra- es el modo que administra los saberes. Como si hubiera vivido varias vidas, su modo de mirar –y de escribir-, está atravesado por el fluir de la experiencia. Pero sin dar cátedra, sin alardes, con total naturalidad. Así escribe Guillermo. Sus Pinturitas son cuadros, grandes, complejos, por más que el título de su libro aluda a algo que parece menor, como si se tratara de un juego de chicos. Llama a su libro Pinturitas, entonces, para sacarle el peso específico a un volumen de relatos que tendría que llevar otro título. Pinturas, cuadros, son dos títulos posibles.
Hable de relatos, pero también podía haber dicho novelas. Guillermo es un novelista. Los cuatro textos que componen este libro son novelas condensadas. Enseguida pensé en Marcelo Cohen y su libro El fin de lo mismo, cuando me encontré con Pinturitas. Cohen arma un mosaico de cinco cuentos largos, que también podrían leerse como cinco novelas cortas, en El fin de lo mismo. Guillermo, en Pinturitas, trabaja con cuatro cuentos. Dos largos y dos cortos, pero con la misma intensidad de Cohen. Leer esos cuentos es entrar en un mundo completo, ancho, lleno de matices, algo que sobrepasa la estructura del cuento. No se trata de cuentos largos o cortos, en realidad, sino de mundos comprimidos en un formato más largo o más corto. Además, otro punto de contacto entre esos dos libros es el uso de los capítulos. Algo inusual en los cuentos. Los textos de El fin de lo mismo y de Pinturitas están divididos en capítulos. Voy a agregar un último elemento para aumentar las coincidencias. El modo en que se apropian del género realista, para desmontarlo. Trabajan sobre situaciones que se van desestabilizando, como en la ciencia ficción y en el fantástico, sin acepar del todo las claves de esos sub-géneros. O situaciones que no se desestabilizan, pero siempre nos dejan una sensación de amenaza, de que en cualquier momento algo inesperado puede pasar.
“El afinador”, “El jodido”, “El viejo” y “El enterrador”, son los títulos de los 4 textos que están incluidos en Pinturitas. De los cuatro, el que se aparta un poco de la serie es “El viejo”. Se trata de un relato donde dos personajes se escapan por las cloacas de una ciudad y el peligro que corren hace que la vida de ambos esté siempre en riesgo. El clima es onírico, no sabemos del todo qué es lo que está pasando, hasta el final. Los cuatro cuentos están contados por un narrador externo, que observa, contextualiza, describe y le deja lugar a sus personajes para que sean ellos también los que cuenten la historia.
Las coloridas y tal vez un poco sombrías pinturas de Pinturitas, el primer libro de Guillermo Ferreyro, nos involucran y nos encandilan, como quien cuenta una historia en voz baja, para no molestar.
Presentar a un nuevo autor convierte la experiencia que mencionaba antes, el encuentro, en algo todavía mejor. Por supuesto, en este caso, no me refiero a cualquier autor. Estoy hablando de Guillermo Ferreyro. Conocí a Guillermo el año pasado, en un curso de escritura, y lo primero que me sorprendió de él –y, en seguida, de su obra- es el modo que administra los saberes. Como si hubiera vivido varias vidas, su modo de mirar –y de escribir-, está atravesado por el fluir de la experiencia. Pero sin dar cátedra, sin alardes, con total naturalidad. Así escribe Guillermo. Sus Pinturitas son cuadros, grandes, complejos, por más que el título de su libro aluda a algo que parece menor, como si se tratara de un juego de chicos. Llama a su libro Pinturitas, entonces, para sacarle el peso específico a un volumen de relatos que tendría que llevar otro título. Pinturas, cuadros, son dos títulos posibles.
Hable de relatos, pero también podía haber dicho novelas. Guillermo es un novelista. Los cuatro textos que componen este libro son novelas condensadas. Enseguida pensé en Marcelo Cohen y su libro El fin de lo mismo, cuando me encontré con Pinturitas. Cohen arma un mosaico de cinco cuentos largos, que también podrían leerse como cinco novelas cortas, en El fin de lo mismo. Guillermo, en Pinturitas, trabaja con cuatro cuentos. Dos largos y dos cortos, pero con la misma intensidad de Cohen. Leer esos cuentos es entrar en un mundo completo, ancho, lleno de matices, algo que sobrepasa la estructura del cuento. No se trata de cuentos largos o cortos, en realidad, sino de mundos comprimidos en un formato más largo o más corto. Además, otro punto de contacto entre esos dos libros es el uso de los capítulos. Algo inusual en los cuentos. Los textos de El fin de lo mismo y de Pinturitas están divididos en capítulos. Voy a agregar un último elemento para aumentar las coincidencias. El modo en que se apropian del género realista, para desmontarlo. Trabajan sobre situaciones que se van desestabilizando, como en la ciencia ficción y en el fantástico, sin acepar del todo las claves de esos sub-géneros. O situaciones que no se desestabilizan, pero siempre nos dejan una sensación de amenaza, de que en cualquier momento algo inesperado puede pasar.
“El afinador”, “El jodido”, “El viejo” y “El enterrador”, son los títulos de los 4 textos que están incluidos en Pinturitas. De los cuatro, el que se aparta un poco de la serie es “El viejo”. Se trata de un relato donde dos personajes se escapan por las cloacas de una ciudad y el peligro que corren hace que la vida de ambos esté siempre en riesgo. El clima es onírico, no sabemos del todo qué es lo que está pasando, hasta el final. Los cuatro cuentos están contados por un narrador externo, que observa, contextualiza, describe y le deja lugar a sus personajes para que sean ellos también los que cuenten la historia.
Las coloridas y tal vez un poco sombrías pinturas de Pinturitas, el primer libro de Guillermo Ferreyro, nos involucran y nos encandilan, como quien cuenta una historia en voz baja, para no molestar.
