José María Brindisi sobre "Mal Trato"

por | Oct 23, 2019 | Mal trato, Prensa | 0 Comentarios

Una sorpresa: el escritor, docente y periodista José María Brindisi aplicó su magia: la escritura. Y desde la lejana Buenos Aires me acompañó con esta carta en Santa Cruz de La Sierra para la presentación de mi novela Mal Trato. Encontrarme con sus palabras fue y es un privilegio que siempre voy a guardar entre mis más profundos recuerdos.

“Si la literatura fuese un virus, y por supuesto que lo es, hay que decir que Guillermo Ferreyro ha atrapado, vaya uno a saber dónde y por culpa de quién o quiénes, el más letal y perfecto de todos ellos; uno que no tiene ninguna posibilidad de dejarlo dormir tranquilo, ni de borrarle la sonrisa ni la entrelínea inquieta de la mirada que se le dibujan cada vez que habla de libros, ni de mezquinarle ningún hallazgo siempre que pueda ser compartido.

Se trataría de un virus demoledor, como queda claro, pero también uno extraño: uno que se escondió durante mucho tiempo, luego de amagar con darle todo el gozo y toda la felicidad en su juventud, lo que nunca deja de ser peligrosísimo; un virus que entonces decidió retraerse, allá lejos, por esas cosas inexplicables que tiene la vida, para regresar hace unos pocos años, pero no de cualquier modo sino como lo hacen los virus, es decir llevándoselo todo puesto, poniendo su vida patas para arriba, haciéndole entender rabiosamente lo que hasta ese momento, por obra y efecto de anticuerpos de toda clase, no había terminado de entender.

Si la literatura fuese una excusa, y quizá lo sea, acaso una metáfora de tantas otras cosas, a Guillermo Ferreyro se le habría dado del modo más perverso y más bello y más perdurable en que pueden darse las excusas, y esto es convenciéndonos de que no son el negativo de nada, que no vienen a sublimar nada, que no cubren espacios ni construyen puentes, ni utilizan figuras que les son impropias, ni borran ningún pasado, ni presagian nada: convenciéndonos, al fin, de que son verdaderas, que pueden tocarse y que se puede vivir en ellas, que son tan reales como los recuerdos, como la esperanza y como, desde luego, las palabras.

Si la literatura fuese un destino, y son legión los que se esfuerzan para demostrar que lo es y que a ellos les resulta inevitable como el agua o el tiempo, en todo caso si fuese un destino a Guillermo Ferreyro se le habría configurado ya unas cuantas veces, y algunas de ellas le permitirían mirar en perspectiva con todo cuidado y encontrar marcas aquí y allá, tatuajes que ese Norte supo marcarle primero sin que lo advirtiera; pero en todo caso, si lo fuese, digo, si fuese un destino y no apenas el modo más extraordinario para muchos de nosotros de atravesar este goteo en el que todos estamos haciendo equilibrio hasta que la soga se corte, si lo fuese jamás confundiría causas con efectos; y preferiría robarle a esa palabrita solemne y amorfa, destino, su otra significancia: y entonces sería siempre un punto de llegada, o mejor, un lugar adónde ir, lugares adónde ir. Ciudades, libros, amistades, más descubrimientos y más lectura y más escritura, y más búsqueda de eso que un sabio con las llaves del saxo pero de vez en cuando también con las palabras nombró como una música que uno escucha por dentro, un aliento que nos llega en cada una de sus inflexiones, pero que jamás, triste y felizmente, podemos tocar.

Por último, si la literatura fuese una forma de la amistad, y quién puede dudar de que lo sea –incluyendo, desde luego, ese bemol o sostenido que es la enemistad, dependiendo de qué lado resuene el origen de nuestros sentimientos-, si fuese una forma de la amistad a Guillermo Ferreyro le habría justificado ya todo el esfuerzo, y toda la espera; y se la habría justificado también a los otros, todos los que agradecen que la literatura nunca se haya ido del todo y que lo enfermara y entonces sus libros, pero también su modo de ver la vida y de vivir la experiencia de lo cotidiano, circularan, tuvieran sus efectos, se multiplicaran. Si fuese una forma de la amistad, darían ganas de leer sus libros solo para llegar a él, solo para terminar en otro lugar, para beber con él y escucharlo y compartir lo que sea que haya que compartir.

Pero también darían ganas de acercarse y hacerse amigo solo para llegar así de otro modo, en una clave distinta, a sus libros, para llegar a ellos con ganas de apropiárselos, con un orgullo premeditado, con el énfasis metonímico del que sabe que un libro en ocasiones es apenas la materialización, una de ellas, de algo más inabarcable. Y si fuese una forma de la amistad -y quién soy yo, querido Guillermo, para dudar de que lo sea-, probaría una vez más que esa forma merece ser alimentada, que es un virus impredecible, y también una noble excusa, y algo así como un destino. Porque, de otro modo, nada podría justificar que estuvieses ahora en este país que tanto quiero, que me ha dado tanta literatura y tanta belleza y tanta amistad, rodeado de gente a la que no tendrás más remedio que abrazar también en mi nombre; porque todos los Quentin Compson y los Stephen Dedalus y los Julien Sorel del mundo son –con sus buenas y malas- mis hermanos, pero también son, más allá, un código secreto, un puente que se recorre a pie y que desembarca en espacios como éste, con gente como ésta, en una ciudad como ésta, Santa Cruz de la Sierra, a la que le encargo que te abrace y brinde con vos en mi nombre, por todas las razones válidas que sean, que desde luego incluyen el premio que en buena ley te has ganado, pero sobre todo, y es lo que a mí más me importa: porque ambas, Santa Cruz y vos, vos y Bolivia y toda esa gente con la que estoy viralmente enlazado, se merecen.

José María Brindisi

Buenos Aires, octubre de 2019    

Sobre José María Brindisi: (Buenos Aires, 1969) es escritor y crítico literario, y autor de los cuentos de Permanece oro y las novelas Berlín y Frenesí.