Por lo general detesto la autorreferencialidad, pero voy a tomarme la licencia de hacer una excepción conmigo mismo y echar mano de la experiencia. Conocí a Guillermo Ferreyro hace relativamente poco tiempo; algo menos de dos años. El contexto era una escuela de escritura, un espacio en el que, como cualquiera podrá imaginar con algo de malicia, es posible encontrar de todo. Está el que solo asiste a ella para confirmar su genio; un poco más modesto, el que tiene muchísimas más energías depositadas en hablar que en escuchar, es decir en aprender; el que se hace eco de las palabras de los compañeros, y en especial de la del profesor, diciéndose de algún modo a sí mismo que sí, sin duda, desde ya, por supuesto esto era así o asá; el que solo sabe leer como si releyera; el que sigue ciegamente el dogma del ciego Borges -el “viejo infalible”, como alguna vez lo llamó Cozarinsky- y no lee a sus contemporáneos, porque solo le queda tiempo para releer a los clásicos; el que pregunta en la recepción si conocemos tal o cual edición de determinado libro, o declama enfervorizado que no lee jamás traducciones, y que casi infaliblemente no escribe en todo el cuatrimestre más de una o dos páginas (es decir, como dice Aira, disfruta plenamente de todo aquello que implica convertirse en escritor salvo por la molestia de tener que escribir); y está aquel que, mucho más cándido en el fondo, más noble y más querible, no tiene la menor idea de por qué está ahí, pero en el fondo sospecha que esa revelación, tarde o temprano, llegará.
Pero por suerte están todos los otros, que simplificaremos definiendo como especies menos vistosas pero infinitamente menos indigestas o, digámoslo sin ese cinismo que se nos pega a todos los que estamos demasiado tiempo encerrados, mucho más saludables. Para decirlo con sinceridad: uno se cruza con tantísima gente que está ahí porque ama los libros y quiere llevarse con ansias lo que sea que encierra ese proceso, es decir gente que está dispuesta a dejar de lado el orgullo y dar todo sin mezquindades, que compensa por mucho algún que otro trago amargo, alguna pérdida de tiempo, la fugaz sospecha de que nada tiene sentido y que nos iría mejor, que seríamos más felices, militando en la causa de la internacionalización del esperanto. Y si hay algo de lo que podemos estar orgullosos, no digo yo sino un cuerpo de profesores y un espacio que propicia ese vínculo, es de no asustar a los que menos saben, y al mismo tiempo recibir el apoyo a veces desmesurado de los que llegan con mayor hándicap. Por lo general, estos últimos son los que tienen más paciencia, los que comprenden que los procesos de escritura son autónomos pero que todos pueden intervenir –de uno u otro modo- en la maduración de todos, y que esos procesos no son lineales sino que comprenden múltiples aristas o factores. Los que más saben, los que llegan con mayor bagaje previo, son casi siempre los que más quieren saber, los que comprenden que hay mucho más, siempre, por atrapar y experimentar, que esa angustia que de a ratos crea un espejismo de felicidad no tiene, para bien o para mal, para bien y para mal, fin.
Guillermo Ferreyro –Guillermo Ferreyro Lamela, supe hace poco, y me dio otra alegría más, a mí que soy hincha de River y tuve que ser testigo de cómo el famoso fantasma de la B se convertía en un ser de carne y hueso y canibalizaba a ese pobre y talentoso pibe-, Guillermo Ferreyro, digo, era uno de esos, no necesito aclarar demasiado para quienes lo conocen pero me esfuerzo por incluir al resto: uno de los que mejor parado estaba, y uno de los escritores en ciernes –y lo digo solo porque todavía no había publicado- más generosos que yo me había cruzado en ese o en cualquier otro ámbito. Había empezado tarde, si se quiere, pero poseía la sabiduría de ver todo lo bueno que ese recorrido le había regalado, la ventaja que conllevaba haber vivido cosas que tanto vomitador de palabras virtual o impreso no podría siquiera sospechar, o mejor, comprender. El entusiasmo de Guillermo era para con la literatura, y con la escritura, pero no con la suya, aun cuando sabía perfectamente lo que tenía, lo que podía lograr, y si no lo sabía estaba más que dispuesto a perder el sueño por intentarlo. Su entusiasmo era con los otros, además, con eso a lo que cada uno podía estar dándole forma, con esa cualidad que quizá unos cuantos guardaran pero tendrían que tomarse el trabajo de poner al desnudo.
Por eso cuando me enteré de que se había ganado un premio importante, me sorprendí a mí mismo –por fortuna, no era la primera vez que me pasaba- viendo cómo la alegría le ganaba por nocaut, a los pocos segundos del primer round, cuando los contendientes habían transpirado apenas un par de gotas, a la envidia, la envidia que podía surgir más que nada de una cifra tentadora –aclaremos, Guillermo, que no la tenés encima-, sobre todo ahora que ando con ganas de comprarme un caballo y regalárselo a mi hija y convertirme definitivamente en el Dios que hasta ahora ella solo sospechaba que yo era.
Pero por suerte están todos los otros, que simplificaremos definiendo como especies menos vistosas pero infinitamente menos indigestas o, digámoslo sin ese cinismo que se nos pega a todos los que estamos demasiado tiempo encerrados, mucho más saludables. Para decirlo con sinceridad: uno se cruza con tantísima gente que está ahí porque ama los libros y quiere llevarse con ansias lo que sea que encierra ese proceso, es decir gente que está dispuesta a dejar de lado el orgullo y dar todo sin mezquindades, que compensa por mucho algún que otro trago amargo, alguna pérdida de tiempo, la fugaz sospecha de que nada tiene sentido y que nos iría mejor, que seríamos más felices, militando en la causa de la internacionalización del esperanto. Y si hay algo de lo que podemos estar orgullosos, no digo yo sino un cuerpo de profesores y un espacio que propicia ese vínculo, es de no asustar a los que menos saben, y al mismo tiempo recibir el apoyo a veces desmesurado de los que llegan con mayor hándicap. Por lo general, estos últimos son los que tienen más paciencia, los que comprenden que los procesos de escritura son autónomos pero que todos pueden intervenir –de uno u otro modo- en la maduración de todos, y que esos procesos no son lineales sino que comprenden múltiples aristas o factores. Los que más saben, los que llegan con mayor bagaje previo, son casi siempre los que más quieren saber, los que comprenden que hay mucho más, siempre, por atrapar y experimentar, que esa angustia que de a ratos crea un espejismo de felicidad no tiene, para bien o para mal, para bien y para mal, fin.
Guillermo Ferreyro –Guillermo Ferreyro Lamela, supe hace poco, y me dio otra alegría más, a mí que soy hincha de River y tuve que ser testigo de cómo el famoso fantasma de la B se convertía en un ser de carne y hueso y canibalizaba a ese pobre y talentoso pibe-, Guillermo Ferreyro, digo, era uno de esos, no necesito aclarar demasiado para quienes lo conocen pero me esfuerzo por incluir al resto: uno de los que mejor parado estaba, y uno de los escritores en ciernes –y lo digo solo porque todavía no había publicado- más generosos que yo me había cruzado en ese o en cualquier otro ámbito. Había empezado tarde, si se quiere, pero poseía la sabiduría de ver todo lo bueno que ese recorrido le había regalado, la ventaja que conllevaba haber vivido cosas que tanto vomitador de palabras virtual o impreso no podría siquiera sospechar, o mejor, comprender. El entusiasmo de Guillermo era para con la literatura, y con la escritura, pero no con la suya, aun cuando sabía perfectamente lo que tenía, lo que podía lograr, y si no lo sabía estaba más que dispuesto a perder el sueño por intentarlo. Su entusiasmo era con los otros, además, con eso a lo que cada uno podía estar dándole forma, con esa cualidad que quizá unos cuantos guardaran pero tendrían que tomarse el trabajo de poner al desnudo.Por eso cuando me enteré de que se había ganado un premio importante, me sorprendí a mí mismo –por fortuna, no era la primera vez que me pasaba- viendo cómo la alegría le ganaba por nocaut, a los pocos segundos del primer round, cuando los contendientes habían transpirado apenas un par de gotas, a la envidia, la envidia que podía surgir más que nada de una cifra tentadora –aclaremos, Guillermo, que no la tenés encima-, sobre todo ahora que ando con ganas de comprarme un caballo y regalárselo a mi hija y convertirme definitivamente en el Dios que hasta ahora ella solo sospechaba que yo era.
